El homínido quiere
fama. Su ego sufre cuando vuelve a ver aquel amor que dejó escapar,
sonriendo feliz junto a un hombre, idéntico a todo lo que él le
había asegurado sería junto a ella. La soledad, los años y el
hastío embargan su razón pero una calculada y adiestrada ansia de
protagonismo domina cada uno de sus pasos, al no poder controlar la
vehemencia de comunicar su llegada a la isla. Confunde las señales
de su instinto de supervivencia trasteando en su agenda, jugando con el whatsapp al intentar recuperar un amor perdido o al insistir en una relación de confianza conmigo, sin haber
interpretado el poder de querer algo y dejarlo libre para que, eventualmente, regrese a tí.
Es curioso...
recibo tus mensajes escritos llenos de cordialidad y buenas maneras desvelando tu coartada, cuando la última vez que me crucé contigo el verano pasado me despedías llamándome
falsa al oído, al responder a la pregunta de por qué te
ignoraba.
Es molesto... eres
muy molesto al empecinarte con pausas desde hace más de tres años y
demostrar hoy haber hecho oídos sordos, cuando expuse que no te saludaba porque me
importa absolutamente nada de tu vida y mucho menos, que sepas algo
de la mía. La ingratitud en esta nueva etapa de mi creación paga un precio muy
alto; comprende que ya no es nada personal, sino... solo negocios.
Si te sirve de consuelo, a mí también me excluyeron e ignoraron varios hombres (y mujeres) durante este tiempo de mi vida y no dudo que lo vuelva a vivir, alguna que otra vez más; pero si sostengo el dolor del rechazo lo enquistaría en rencor y como bien sabes, ya solo podría quitarlo de mi cuerpo a través de una complicada operación, que puede quedarse con mi vida. Las heridas conseguidas a tu lado nunca se infectaron con tus retorcidas palabras y ya se han curado hace mucho rato, aunque aún llevo conmigo las cicatrices como recuerdo de los errores que no debo volver a cometer. Tu tramoya es una vieja conocida de mis libretas, tu careta parte de retratos que aún examino y tu letra, piezas de un fatigoso rompecabezas que concluí cuando me separé para siempre de tu ladina opresión.
Si te sirve de consuelo, a mí también me excluyeron e ignoraron varios hombres (y mujeres) durante este tiempo de mi vida y no dudo que lo vuelva a vivir, alguna que otra vez más; pero si sostengo el dolor del rechazo lo enquistaría en rencor y como bien sabes, ya solo podría quitarlo de mi cuerpo a través de una complicada operación, que puede quedarse con mi vida. Las heridas conseguidas a tu lado nunca se infectaron con tus retorcidas palabras y ya se han curado hace mucho rato, aunque aún llevo conmigo las cicatrices como recuerdo de los errores que no debo volver a cometer. Tu tramoya es una vieja conocida de mis libretas, tu careta parte de retratos que aún examino y tu letra, piezas de un fatigoso rompecabezas que concluí cuando me separé para siempre de tu ladina opresión.
¿No lo sientes? El
ambiente del aire cambia, las calles huelen diferente, el mar se
templa, la gente comienza a volver a la isla, los hoteles se sacuden
el polvo, los árboles rocían polen y un año más, comienza la
temporada de verano en La Roca. Llegan caras nuevas, conocidas,
familiares, amigables, unas pocas que deseo no tener que ver y solo
una que espero poder reconocer al encontrarla. Pero las estaciones
cada año se repiten y a su vez, se transforman... aunque tú puedas
seguir creyendo en una realidad donde nada ni nadie, puede cambiar. Piénsalo; deja ya de imitar y explota tu creatividad porque si no te renuevas, envejecerás, sufrirás o te agotarás.


